CAPITULO XVI
Con mucha suerte, supe de una vacante en la Escuela de l Hacienda Hervía Alto. Esta, como Hervía Bajo y Palo pertenecían a los señores Gerbollini. Me presente en la oficina de Lima y fui aceptado, haciéndome cargo el primero de marzo con la apertura de la matricula.
Como dije anteriormente, yo no tenía título de maestro pero durante los cuatro años que estuve en Cerro Alegre, en dos ocasiones al llamado del Ministerio de Educación, asistí a dos exámenes, previa preparación en una Academia particular abierta ex profeso para maestros. Con gran suerte, aprobé en las dos oportunidades, obteniendo los certificados de Suficiencia y Eficiencia Magisterial expedidos por el Ministerio de Educación. En esta escuela trabaje tres años (noviembre del 41). Una vacante en la hacienda Palo para cajero Apuntador, en la que me duplicaría el sueldo me hizo abandonar la Escuela en manos de mi hermana Teodolinda que concluyó el año escolar. Esto le sirvió para abrirse un lugar en el Magisterio porque aprovecho los cursos vacacionales que recién se implementaban para culminar sus estudios, obteniendo su título de normalista con lo que trabajó hasta su jubilación.
Los dos primeros años 39 y 40, asistió a la escuela, una jovencita que hizo el segundo y tercero. Llegamos a congeniar y cuando yo estaba trabajando en Palo, las relaciones se hicieron más serias, llegamos a un acuerdo y el 12 de marzo de 1942 se llevo a cabo el matrimonio en la iglesia de San Vicente. Ella es ALEJANDRINA SANCHEZ SANCHEZ. El 28 de de noviembre del mismo año nació nuestra primogénita: Ana Victoria.
Ya en la hacienda Palo, mi mala suerte fue tener un administrador, apellidado Vignes, un tipo irresponsable, que seguramente llegó a ese puesto por alguna recomendación, porque no atinaba a dirigir nada hasta que humillado así mismo, fue abandonando sus obligaciones, con cuya responsabilidad tuve que cargar yo, debido a que era la segunda autoridad; esta situación duro más de dos años, hasta que lo despidieron; y vino uno nuevo que antes había trabajado como mayordomo. A mi como novato, no me dieron importancia, por más que les había demostrado ser apto para el puesto. Esta situación no duro mucho tiempo. Ya había nacido mi segunda hija, Gloria y yo buscaba la forma de hacerme práctico en la dirección de una hacienda En esos días recibimos en la hacienda, la visita de un joven que en años anteriores se había desempeñado como apuntador en esta misma, el señor Guillermo Tomates, en busca de una persona para que administrara un fundo que tenía en Conde Villa Señor, compuesta de 30 fanegadas (90 hectáreas).
Yo estaba algo disconforme del nuevo administrador, le ofrecí mis servicios, pues contaba ya dos años y medio de práctica. Mi oferta fue aceptada con ciertas dudas, pero se hizo efectiva.
Viajamos conjuntamente con el señor Tomatis a Lima con el fin de conocer el sitio donde iba a trabajar y al mismo tiempo presentar mi renuncia a la firma Gerbollini.
De regreso a Palo, preparamos el viaje, mi señora, mis dos hijitas y yo, una tarde del mes de Agosto de 1944 salimos de Cañete con dirección a Lima. Llegamos al amanecer a Valdivieso de Conde Villa Señor y esa misma mañana me hice cargo de la dirección de las labores agrícolas que casi en gran parte consistía en la producción de pastos para el ganado lechero que era el negocio. Posteriormente se produjo, papas, camotes y algodón.
Durante once años trabaje en esta empresa. Los años se sucedieron uno tras otro y la familia aumentaba con el ritmo de la vida; Guido Alberto, Alejandrina, Elsa, Miguel y Cesar. Eran ya siete. Si señor eran siete. El primer año tuvimos nuestra vivienda en Valdivieso, pero el 46, comenzó la invasión de la pampa de Piñonate y aproveche para hacerme construir una vivienda de adobes; allí vivimos hasta el año 1954 en que nos trasladamos a una quinta situada frente a la puerta principal del Estadio Nacional José Díaz.
UN mal día, no se, si, en un acto preparado; el caso es que al señor Tomates, se le subió el negro, y con razón o sin ella, la verdad es que nos trabamos en un lío de palabras y como yo jamás me humillé ante nadie inmediatamente renuncie al trabajo; baje del caballo, tome algunas de mis pertenencias y me fui a mi casa, avisándole que al siguiente día volvía para arreglar lo de mi indemnización.
Quería ser libre, trabajar por mi cuenta sin ser mandado por nadie.
Queriendo ser libre, compré un automóvil, me inscribí en el Sindicato de Chóferes de Lima y empecé a trabajar haciendo colectivo por la Av. Argentina entre Lima y Callao.
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