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ElsA
Memorias de mi padre llamado "TAYITO"

Categoría: CAPITULO IV

21/09/2006 GMT 1

LA TRAJEDIA DE HACERSE LA VACA

mitayito @ 21:42

Mi hermano mayor Ananías y yo habíamos cumplido nueve y siete años respectivamente, acompañando a nuestros padres en los trabajos y cuidados de las chacras y el hogar. A las cinco de la mañana todo el mundo tenía que levantarse a tomar el desayuno preparado de antemano por nuestra madre querida. A esa hora regresaba papá después de haber recorrido el campo, realizado labores propias del mismo. Acto seguido, cada cual tenía programado la ocupación a que se iba a dedicar.
Esto se repetía un día y otro también. En esta forma íbamos creciendo respirando aires puros, buena alimentación, carne, leche de primera. Pero la preocupación de nuestros padres no era sólo hacernos trabajar sino que también en forma prioritaria buscaron ponernos en la escuela para que fuéramos dando los primeros pasos en nuestra formación cultural. Pero fatalmente por la situación geográfica en que vivíamos, no era fácil el problema.
Huangáscar fue la meta, allí se había afincado un matrimonio que regentaba las escuelas de hombres y mujeres; el Sr. Manuel Gamarra y la Sra. Teofila Cortijo de Gamarra. Ejercieron la docencia por varias, siendo los forjadores de varias generaciones de huangasquinos.
Y allí nos matricularon nuestros padres. Teníamos que salir a las cinco de la mañana para poder llegar a las ocho, hora en que empezaban las clases. Un camino de herradura, que ascendía faldeando los cerros subía hasta llegar al pueblo unas veces a caballo, otras a pie. Por la tarde no era problema, porque apenas salíamos de la escuela, echábamos a correr cuesta abajo. A las 6p.m. ya estábamos anunciando nuestra llegada desde unas alturas sobre nuestra casa.
En esta forma progresando; ya habíamos aprendido a leer y escribir, lo que llenaba de alegría a nuestros padres que se sentían halagados al ver retribuidos sus sacrificios. En esta forma se hacían más fáciles sus proyectos cual era; enseguida Lunahuaná y posteriormente Lima, meta que sobre todo se había trazado mi madre. Ella que se había criado en la capital y que ahora sufría los embates del destino por ser fiel a un amor, soñaba con sus hijos en Lima. Lo que se iba consiguiendo pero que su muerte prematura tras una dolorosa enfermedad, no le permitió disfrutar, ni cumplir sus deseos. Su dicho favorito “Ay Lima, Lima quien no te conoce no te estima”, quedo grabado en el corazón de sus hijos.
Volviendo a nuestro relato, anotaremos que nosotros, los dos hermanos éramos muy puntuales en lo que se refería a la asistencia. Pero como siempre hay un pero. Y aquí también lo hubo, pasamos a narrarlo. Cierto día por no se que motivo salimos tarde de la casa y la hora nos ganaba; mi hermano caminaba con desgano y mirando siempre al cielo, (nuestro reloj) decía; ya es muy tarde, ya no vamos a llegar, y tomó un desvío hacia la Toma; yo lo seguí. Llegamos al sitio por donde teníamos que cruzar la acequia muy cerca de dicha Toma; colocamos los libros en el suelo cruzamos para ponernos a jugar en el bordo. En este plan estábamos, saltando de un lado a otro, cuando de improviso descubrimos que nuestra hermana mayor Raquel, se acercaba seguramente con la intención de aumentar el caudal del agua de la acequia. Verla y echarnos bordo abajo nos llevó un segundo. Nuestra hermana era la tercera autoridad de la casa y a ella respetábamos y queríamos todos los menores. Por eso cuando nos dimos cuenta que habíamos dejado los libros, asomamos sigilosamente nuestras cabecitas para enterarnos que sucedía.
Cual no sería nuestra desesperación al ver que nuestra hermanita se alejaba con los libros bajo el brazo. Nos quedamos helados por el temor de lo que iba a pasar en adelante. Nos miramos aterrorizados y no atinamos a decir una palabra, ni para ir tras ella a rogarle que no nos denunciara y nos devolviera los libros. La suerte estaba echada y teníamos que atenernos a las consecuencias y estas si que serían graves y muy graves. Conocíamos a nuestro padre y sabíamos ya de antemano, lo que iba a suceder. Sería la una de la tarde, el resto del día lo pasamos al bordo de la acequia sin ánimo de jugar, pues nuestra mente estaba centrada en el desenlace de este episodio. En casa ya todos sabían lo que los niñitos habían hecho.
Sería las cinco de la tarde cuando llegamos a la casa, entramos muy despacio, sin hacernos presente a nadie; en igual forma todos nos ignoraban; sudando frío nos refundimos en algún lugar apartado esperando el momento supremo que no llegó. Una voz enérgica dijo: A comer! Tronante la voz me pareció lúgubre y como signo de mal agüero. Saludamos; nadie nos respondió; cenamos y luego nos retiramos buscando, si cabía, un descanso a nuestro sufrimiento, con todo nos quedamos dormidos. Hasta que un fuerte ruido de un grito y un lastimero llanto me hizo saltar de la cama. El cuadro que presencié fue lamentable. Mi pobre hermano se debatía de dolor en el suelo, no sabría decir cuantos riendazas se llevó el pobre negro; llegó mi turno; pantalón abajo y de rodillas. Un solo riendaza en el potito calato y yo ya estaba muerto. Saltó mi madre; Por favor Fermín ya basta! Felizmente mi padre escuchó y allí terminó el jaleo.
Lo que me dolió no recuerdo porque como decía ya estaba muerto. Pero este hecho aparentemente, tan cruel, sentó un antecedente y marcó la pauta para toda mi vida. Sobre todo cuando a los 14 años, cumpliendo los sueños de mi madre, vine a Lima, apartándome de mis padres y sin nadie que me controlara o aconsejara, me hice hombre.
Para mi padre ningún sentimiento de rencor; al contrario siempre que me acordaba de este episodio de mi vida, daba gracias a Dios, porque pensando en él, pude salir adelante, no con fortunas ni riquezas materiales, pero si con un tesoro, que nadie me lo podrá regatear. Cuáles?: mis hijos, a quienes quiero con toda mi alma y por quienes me sacrifiqué con todas las fuerzas de mi ser, sino se pudo más, solo Dios lo sabe.
Como epílogo de este triste recuerdo, terminaré contándoles: Mi madre, ante el problema que se había creado, debido a las distancias que teníamos que recorrer todos los días, optó por ir a Huangáscar. Conversó con la Sra. Teofila de Gamarra, narrándole lo sucedido y le pidió nos diera pensión a lo que accedió gustosa.
De esta manera nos quedábamos estudiando los cinco días y medio en Huangáscar para volver el sábado con nuestros padres y hermanos.

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