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Memorias de mi padre llamado "TAYITO"

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Categoría: CAPITULO VI

06/10/2006 GMT 1

EL NEGRITO

mitayito @ 00:41

Todos los años por semana Santa Santa, acostumbrábamos bajar a Lunahuana desde nuestra querida Pallca, la que dejábamos a cargo de personas de confianza como Juliana, etc. Lo hacíamos con el fin de dedicar, por una vez al año, nuestras oraciones en la Iglesia Parroquial y asistir a las misas y procesiones que con tal motivo se llevaban a efecto en Lunahuana, cuya población, casi un 99% era creyente católica.
Nosotros nos hospedábamos en la casita, que nuestro padre conservaba y en donde había vivido antes de marchar a la sierra en Uchupampa.
La mitad de la casa era de mi tía Sabina, hermana de mi padre, solterona que había pasado varios años en el Convento del Buen Retiro en Lima, pero que al retirarse del mismo volvió y en ella vivía sola acompañada solamente por un perrito muy inteligente y muy educadito llamado Negrito. Todos los domingos, muy piadosa ella, asistía a Misa en la Iglesia del Pueblo; el negrito la acompañaba y una vez en el interior, se sentaba al lado de la tía, con la cabecita gacha y no se movía hasta la hora de salir.
En una oportunidad, me dejaron mis padres, para que acompañara a la tía. Yo que nunca me había separado de ellos, sentí una gran nostalgia al sentirme solo, pero a medida que el tiempo pasaba hice una gran amistad con el negrito; con el jugaba y salía a todas partes.
Por aquella época, las amas de casa de Lunahuaná, tenían por costumbre realizar viajes periódicos a Cañete con el fin de agenciarse comestibles que escaseaban por el lugar como camote, yuca y aún arroz, azúcar y fideos que se compraba con más comodidad. Estos viajes de hacían a lomo de burro, en los que cargaban frutas para los cambios respectivos.
La tía no podía ser una excepción y siempre hacía sus viajecitos; en esta ocasión viajamos, la tía, yo y el Negrito, llegamos a Imperial y nos hospedamos en la casa del señor Benancio Gutierrez, compadre de la tía, se hizo las transacciones del caso y todo quedó para retornar al siguiente día.
Para entonces los Padres Franciscanos, llevaban a cabo las Misiones que consistía en algunos días dedicados a la predica de los fundamentos de la religión y además misas, confesiones y comunión general. La tía no podía faltar esa noche a la iglesia y en efecto fuimos, siempre los tres. Rosario, predica y bendición con el Santísimo y todo terminaba más o menos a las once de la noche.
Yo contaba con apenas siete años y por supuesto desde un principio me quedé dormido en la falda de mi tía. Por fin terminada la actuación, todo el mundo se levantó para retirarse. Yo también me levanté seguramente medio dormido. La salida de todos a la misma vez, los empujones, etc. me separaron del lado de mi tía y cuando salimos a la calle yo seguía tras unas polleras que no sabía si eran de la tía o no. Pero aún así yo seguí pegado sin apartarme por ningún motivo de las faldas que el destino me había deparado.
Saliendo de la Iglesia doblamos a la derecha, en la esquina siempre a la derecha, seguimos hasta el Jr. La Mar., para doblar a la izquierda hasta media cuadra donde la Sra. a quien seguía, ingreso y yo también entre. La señora que desde un principio se había dado cuenta de mi presencia, me dio unos costales, y allí en la sala me acurruque tratando de dormir. Estaba aturdido por que no atinaba a darme cuenta de lo que sucedía, cuando de pronto algo arañaba la puerta de la calle, esta cedió dando paso a un perrito, levanté la cabeza y veo a Negrito que, salió inmediatamente a la calle, salte de la cama y corrí tras el perrito sin siquiera dar las gracias ni despedirme.
El negrito adelante y yo siguiéndole llegamos a la Plaza de Armas, donde la tía buscaba al sobrino y al perrito que también había desaparecido. Contentos y felices, debido al buen olfato del Negrito, fuimos a la posada y al día siguiente volvimos a nuestra casa.
Por aquellos años comenzaron a recorrer el valle, los primeros vehículos motorizados. Los caballos, los burros, el ganado y los perros se ponían muy nerviosos cuando sentían que se acercaban un camión. Los animales echaban a correr de susto y los perros como buenos guardianes salían a perseguir al “enemigo”. Nuestro Negrito, también se contagió de esa costumbre y cada vez que se acercaba un camión salía a la carrera a perseguirlos. Pero los años habían mella en su agilidad y en una de esas trastabilló, al salir, cuando el camión se acercaba y fue rodando a las ruedas del vehículo que lo destrozó; terminando así, tan tristemente su vida el Negrito, tan inteligente como fiel a su dueña.


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