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ElsA
Memorias de mi padre llamado "TAYITO"

Categoría: CAPITULO XIII

01/12/2006 GMT 5

Mi frustrada vocación religiosa

mitayito @ 23:12

MI FRUSTRADA VOCACION RELIGIOSA

Terminaba el año 1925. Cierto día de diciembre, acudí a la Iglesia de María Auxiliadora y en ella conocí al Padre Pedemonte, inspector general de los salesianos del Perú y Bolivia. Trabamos conversación durante cierto tiempo, en la cual me fue narrado a grandes rasgos la historia de la Congregación Salesiana y de su fundador Don Bosco, hoy San Juan Bosco; fundación realizada en Turín, Italia y diseminada por todo el mundo sobre todo el mundo sobre todo por América Latina, dedicada a la educación de la juventud. Supe también que en esos días se inauguraba un nuevo colegio salesiano en Magdalena del Mar, como centro de formación de futuros salesianos. Por último, viendo el entusiasmo con que le escuchaba, me invitó a formar parte de los primeros 30 alumnos que inaugurarían el Instituto Pablo Albera, que así se llamaría. Acepté muy contento y lo primero que hice fue poner en conocimiento de mi tía esa situación y ella muy entusiasmada me animó a seguir la nueva vida que se me presentaba.
Los primeros días de enero hacíamos nuestro ingreso formal al Instituto Pablo Albera, cuyo primer Director fue el Padre Fortunato Chirichigo, más tarde Arzobispo de Piura. Es digno de recordar al Padre Domingo Ponte un padrecito bastante bajito de estatura, pero de un corazón muy grande y muy piadoso. Era italiano y se encargaba de la parte económica del Instituto.
Sometidos a un horario riguroso, los días la pasábamos dedicados al estudio, conferencias, prácticas religiosas, estudio del latín y todas las disciplinas que eran necesarias para ser un buen religioso y un buen educador. Año de 1926, 1927 y 1928 fueron años de estudios rigurosos y acelerados pues empleábamos las vacaciones para nivelarnos al programa equivalente al Ginnazio italiano. Y lo conseguimos porque en diciembre de este último año nos impusieron el hábito, y nos declararon aptos para el noviciado, el que debía realizarse en el colegio de Arequipa. Y allá viajamos para reunirnos con la promoción salida de la casa de Formación de esa ciudad. Después de un pésimo viaje por mar (para mí), desembarcamos en Mollendo, en donde el desembarco era algo muy gracioso pues una catapulta descolgaba una canastilla de redes, en donde teníamos que colgarnos para que nos sacara a la playa.
Nos embarcamos en el tren y continuamos viaje a Arequipa a donde llegamos sin mayores contratiempos salvo la cantidad de higos y cochas que engullimos y que me causó una indigestión que me duró por muchos años y que más tarde pude curarme con las aguas de Churín.
Ya en el colegio, nos pusimos bajo las ordenes del Padre Aratto, maestro de novicios, quien se encargaba de preparar a los postulantes y después de un año certificar si eran aptos para profesar o no.
Cumplido el año cuando todos soñábamos con volver a Magdalena, fui jalado y separado del grupo para repetir el año, más por disciplina que por aprovechamiento.
Era febrero de 1930, me encontraba bastante abatido por tenerme que quedar en Arequipa por un año más. Al llegar de una pequeña excursión por el río Chili y faldas del Misti, entramos en el dormitorio a cambiarnos. Pasó el Maestro y dejó una carta sobre mi cama, carta con filetes de luto, sin decirme una sola palabra. No quise ni tocarla, porque presentía el contenido y quedé petrificado mirándola, un compañero se acercó y viendo lo que sucedia, tomo la carta y la leyó.
“Hermano, -me dijo-, tu madre ha muerto, cuanto lo siento” y me dio un abrazo; los demás que aún quedaban en el dormitorio se acercaron y me dieron el pésame. Ahora después de tantos años me resisto a narrar todo lo duro y cruel que es para un hijo a su madre, estando tan lejos y saberlo cuando ya estaba bajo tierra. Es cierto que yo esperaba esta noticia, pero por mas preparado que uno este, una madre y solo hay una sola, y el sufrimiento tuvo que manifestarse en alguna forma, porque el director me incluyó en el grupo de mis antiguos compañeros que habían profesado y que partía por unos días a la granja Salcedo en Puno, a cargo de los salesianos por entonces.
Año 1930, año de la revolución de Arequipa (Sánchez Cerro) cumplí el segundo año que me habían asignado, y volví a Magdalena con el fin de estudiar los años de Filosofía prescritos por el reglamento. Al llegar encontré a mi hermano Serafín que se presentaba como aspirante. Era 1931. El siguió estudiando, hizo su noviciado en Arequipa, estudió Filosofía en Magdalena y fue destacado al Colegio de Huancayo para hacer su trienio, tres años de práctica en la enseñanza, que no pudo culminar porque falleció en 1936.
Hice el primer año de Filosofía, pero se presentaron problemas que creí resolverlos saliendo de la congregación. Cumplía para entonces 21 años de edad y ya no pensaba como cuando tenía 14 ó 15 años.
Necesitaba ver la situación de mi padre, y por lo tanto una vez en la calle me dirigí a Lunahuaná. Llegué y lo encontré solo en la casa donde había dejado a todos cuando me fui a Lima. Triste y doloroso fue para mí el encuentro con mi padre después de siete años de ausencia.

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