La lucha para abrirse un campo en la vida
CAPITULO XV
La vida se iba presentando tal cual es; y en este pueblo no hay porvenir para la juventud, sobre todo cuando una ha estado viviendo otros ambientes y ha cursado algunos estudios se hace imposible la estadía, por lo que de acuerdo con mi padre volví a Lima. Pero la capital que ya vivía el gobierno de Sánchez Cerro, con una oposición incontenible del APRA, era el centro de un caos político-social del cual nada bueno podía esperarse. La desocupación crecía día a día, las asonadas eran cosa común. Conseguir un trabajo era como se dice pedir peras al olmo. Las puertas de los ministerios, de las fabricas amanecían con colas interminables por sí había alguna vacante.
Un amigo, que me conocía desde cuando vine por primera vez a Lima se interesó por mi situación, y como era contratista de pintura, me enseño el trabajo y con él me pase casi diez meses. Como algo de Ripley les diré que el maestro Quiroz, que así se apellidaba, la primera semana, el día sábado recibió como adelanto de su contrato la suma de 15 soles oro. Con ellos pagó a un oficial y a mí, llevó su parte a su casa y todavía nos invito una caja de cerveza. ¿Qué tal?.
Al enterarme que mi `padre había sufrido un percance volví nuevamente a Lunahuaná. Otra vez en casa y de nuevo la incertidumbre….pasaban los días, los meses y ya estamos en enero de 1935. Cierto día, al hacer mi visita de costumbre a la casa de los primos, Enrique salió a recibirme y me dijo: “Guido te presento a la señora Victoria Alfaro, mi prima y tuya también, que tú no la conoces”.
Aquí empieza la época más promisoria de mi vida, ya que se sentaba la base de lo que sería mi porvenir, Victoria Alfaro se convirtió ya no en una prima si no en una madre para mi. Así como en Lima recurría a la tía Inocenta, ahora ante cualquier problema ella era la consejera obligada.
Se preocupó tanto de mi como mas tarde de mis hijos, tres de los cuales eran sus ahijados (Guido Alberto, Gloria y Elsa), que siempre guardo un recuerdo muy tierno de su persona y con ella de su esposo Manuel Becerra (mi compadre) que siempre me trató con suma deferencia. Que Dios los tenga en su Santa Gloria.
Conversamos ampliamente sobre losa estudios que había realizado y las pocas perspectivas de conseguir una ocupación acorde con mi temperamento. Me invito que fuera a San Vicente, donde ella vivía, para tentar hacer algo efectivo. Pocos días después estaba tocando la puerta de la casa de la prima. Ella había adelantado las gestiones, ya había conseguido. Me presentó al Dr. Rodríguez un abogado que la apreciaba y era muy amigo del esposo. Con el y el señor Mansilla inspector de educación, fuimos a la hacienda Cerro Alegre cuyo administrador el señor José Domingo García nos recibió muy gentilmente. Fui presentado y de hecho me hacía cargo de fundar la primera escuela primaria en esta hacienda.
Y aquí me quede, como maestro de la escuela fiscalizada para varones y mujeres, cuya matricula se abrió de inmediato. Mi sueldo S/.60.00 para empezar, era irrisorio, pero al fin tenía el trabajo que tanto anhelaba y ya podía mirar con mas confianza al futuro.
Para el 28 de julio de ese año, recibí del Consejo de Imperial, una invitación para asistir con mis alumnos a la concentración que con motivo de aniversario patrio se realizaría. El tiempo apremiaba y no pudimos preparar a los alumnos en forma debida, por lo que en reunión con los padres de familia acordamos asistir con vestido limpio y nada más. Una bandera atada a un asta nos sirvió de estandarte. Demás esta decir que todos los colegios se presentaron muy bien uniformados. En medio de ellos nuestra presencia fue poco aceptable pero fue motivo para empezar nuestra preparación desde ya para futuros compromisos. Efectivamente a partir de ese episodio, tuve una entrevista con el señor Arenas Loaysa, personero de la Junta Administrativa de la Fundación y conseguí un a cantidad de tela para uniformes y sobre todo los instrumento necesarios para organizar una banda de guerra y un estandarte.
Dos jóvenes huancaínos, que trabajaban en la hacienda ex alumnos del colegio Santa Isabel, presentaron desinteresadamente su colaboración uno como instructor y el otro para preparar a los muchachos que tocarían en la banda. En esta forma en poco tiempo armamos una excursión por Imperial y San Vicente con nuestros alumnos bien uniformados y con su fanfarria a la cabeza, alborotamos un rato a los habitantes de dichas ciudades. En esta forma nos sacamos el clavo y Cerro Alegre ocupo un lugar destacado en cada presentación.
El año 1937, se fundó el Colegio Del Rosario, para niñas regentado por monjas Dominicas, en consecuencia quede solo con varones. Al año siguiente 1938 toco inaugurar el Colegio San José, dirigidos por alumnos egresados de la Escuela Normal de la Salle. El señor Meza fue el primer Director y a mí se me incluyó en el cuerpo de profesores.
Estos jóvenes, bastantes sobrados, por el diploma que portaban consigo, desde que llegaron y se hicieron cargo de la marcha del colegio, trataron de menospreciar mi persona y además hostilizándome en forma solapada. A mi me dieron las dos secciones mas numerosas: segundo y Tercero, con unos cincuenta alumnos. A Yalan: preparatoria y primero.
Meza tomo el quinto con seis alumnos y su intimo amigo Leyla el cuarto de ocho alumnos. El año transcurrió con pequeños incidentes pero se terminó y se llevo a efecto la clausura.
A fines de febrero de 1939, fui llamado a Lima por el Dr. Arenas, quien me hizo algunas atingencias sobre mi conducta y sintiéndome ofendido, opté por renunciar y así lo hice de inmediato.


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