Mi nuevo hogar

Mis padres con mucho esfuerzo, eligieron el sitio conveniente para levantar el nuevo hogar, desde donde se pudiera dominar el panorama en toda su amplitud, este de componía de potreros unos a continuación del otro, en laderas bien pronunciadas que para hacerlos hábiles estaban cubiertos de andenes, posiblemente de la época incaica, en una extensión de 5 hectáreas aproximadamente.
Al fondo corría el río Huangáscar, y al otro lado el río Chocos, los que se juntaban a unos 2 km. De nuestra vivienda y corrían a una profundidad de unos quinientos metros de la misma.
El fundito tenía agua en abundancia, por lo que sin pérdida de tiempo empezaron los trabajos para darle vida a esos terrenos por algún tiempo abandonados. Se levanto la casa que serviría de vivienda, se habilitaron corrales y potreros, alfalfares en su totalidad.
A los pocos meses, la alegría se hizo presente al verse signos de progreso; los alfalfares comenzaron a reverdecer, algunas vacas y ovejas adquiridas en los pueblos vecinos hacían ruido en los corrales.
Así fueron pasando los meses y los años en hacer productivo el fundito y al mismo tiempo la familia aumentaba; primero mi hermana Raquel, después Ananías, tercero fui yo Guido, cuarto fue Teodolinda y el quinto Serafín; en total fuimos cinco hermanos, un fundo propio y lo mejor de todo unos maravillosos padres.

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Un tema que siempre polémico, fue: de qué fue primero, si el huevo o la gallina, esta interrogante data de la época de los antiguos griegos. Y de acuerdo a lo publicado en el diario británico The Times parece haber llegado a su fin.
me dejaron para que acompañara mi tía. Yo contaba con apenas siete años y nunca me había separado de ellos, sentí una gran nostalgia al sentirme solo, pero a medida que el tiempo pasaba hice una gran amistad con el perrito que vivía en la casa y se llamaba “Negrito”; con el jugaba y salía a todas partes.






