El Sueño de mi Madre
Efectivamente, con la confianza de dejar las tierras de Pallca en buenas manos, nuestra permanencia en Lunahuaná se fue haciendo una realidad sobre todo por nuestra educación que naturalmente debía ser mejor. Tanto mi madre como mi padre se turnaban, de vez en cuando, para hacer una visita a Pallca y cerciorarse sobre la forma como marchaban las cosas.
A raíz de una de esas visitas por parte de mi padre acordaron con Reynoso hacer un viaje a Lima con el fin de gestionar la compra, ante el Ministerio den Agricultura, de las tierras que por tanto tiempo la habíamos tenido en arriendo. Un día del mes de Febrero de 1925, debía realizarse el viaje para lo cual ya Reynoso había llegado a la casa. En la tarde de aquel día debían salir. Mi padre, recogía algunos racimos de uva para llevarlos de obsequio a la tía Inocente, en un parralcito, frente a la casa. Mi madre que buscaba el momento oportuno para empezar a realizar su sueño cual era el “Salto a Lima”, me dijo: “Guido; hoy o nunca. Dile a tu padre, ruégale que te lleve a Lima. Una vez allá, de acuerdo con tu tía verán la forma que te quedes”. Yo, que tenía la misma idea que ella, por habérsela oído varias veces, no me lo hice repetir y salí a la carrera en busca de mi padre. Me acerqué a él y con toda humildad dije: “Papá, Ud. se va hoy a Lima con Viterbo. ¿Por qué no me lleva a mí?, Yo quiero conocer Lima y si es posible me quedaré como sea, pues tengo mucho deseo de seguir estudiando.
Mi padre, muy serio, me escuchó; frunció el ceño y después de meditarlo unos segundos me dijo: Dile a tu mamá que te prepare tu ropita que por la tarde nos embarcamos”. Saltando de alegría regresé donde mi madre y le di el encargo que ella cumplió más pronto que rápidamente. A las cuatro de la tarde estábamos saliendo hacía Cañete en donde pernoctamos, para el siguiente día salir hacía Lima. Así fue; todo el día en un Forcito, hasta llegar a nuestro destino. A las ocho de la noche estábamos entrando a un canchón, en la Av. Grau, donde se estacionaban los carros que llegaban del sur.-Por fin en Lima, una tremenda avenida con una iluminación que jamás habían visto mis ojos, me dejaron atónito ya que por primera vez veía una ciudad y de noche, con el ruido de los carros que ya abundaban.
Salimos de allí, con intención de llegar a la calle. Los Naranjos, donde vivía el tío Mariano Rojas, pero en vez de seguir por la Av. Grau hacia el Hospital Dos de Mayo tomamos por Abancay y nos dirigimos sin rumbo conocido, de tal manera que resultamos en la plaza de Armas y frente al Palacio de Gobierno. Esta vez pagamos el tributo de provinciano que no conoce Lima. Corregimos el recorrido y nos dirigimos por un jirón que no recuerdo cual, pero que nos llevó a Cinco Esquinas, y de allí, ya fue fácil ubicar el domicilio de mi tío, quien muy contento y cariñoso nos acogió en su hogar en donde pernoctamos. Al día siguiente muy temprano fuimos al convento del Buen Retiro, ubicado en la Av. España, para hacer la visita a la tía Inocente, hermana de mi padre. Los días subsiguientes se dedicaron a hacer trámites y gestiones para lo que se había efectuado el viaje, y después del cual el retorno se hacía una necesidad.
Yo debía quedarme en Lima, pero dónde?...cómo?...esto debía resolverse, pero ya…Caminábamos por las cercanías a la Iglesia de San Pedro, cuando una señora desde su balcón nos pasa la voz, haciéndonos unas señas para que subiéramos. Accedimos a la invitación y subimos. La señora nos recibió muy amablemente y nos invitó a pasar a su casa. Una vez ubicados abordó inmediatamente el tema en esta forma: “por lo que veo ustedes son provincianos y yo los he llamado para pedirle a Ud. (se dirigió a mi padre) me deje a su hijo, yo le ofrezco costear sus estudios, vestirlo, etc., lo que tiene que hacer es muy sencillo; limpieza y mandados, etc.. La señora era esposa de un exiliado de Leguía y vivía en el Ecuador.
La propuesta era buena y fue aceptada de inmediato, ya que precisamente, era lo que se buscaba. De hecho me quedé. Mi padre se despidió y haciéndome mil recomendaciones se marchó, para que al siguiente día partiera a Lunahuaná. En mi nuevo hogar, no duré ni ocho días, por que en uno de ellos y no sé por qué motivo, la señora me dio una tremenda reprimenda que me hirió hasta lo más profundo de mi ser; por más que la cocinera me dio algunas explicaciones acerca del carácter histérico de la doña, tomé una decisión rápida y fue retirarme de esa casa, para lo cual como la señora iba a salir en su carro, le pedí me llevara donde mi tía, para traer alguna ropa que había dejado y la necesitaba. Entendiendo que todo esto se lo dije sin dejar traslucir el resentimiento que abrigaba en mi interior. Algo dudosa, aceptó, me llevó y me dejó en la Av. España con la recomendación que me fuera lo más rápido posible que ella estaría esperando. Pero esto no sucedió jamás.
Narré a la tía, detalladamente, lo sucedido y le expresé mi intención de no volver allá, ella me escuchó y como era tan buena, habló con la Superiora General de las Religiosas; le narró el caso y le pedía su consentimiento para que me quedara en el departamento que había dedicado al jardinero u otro varón que fuera necesario. Por lo tanto no hubo ningún obstáculo para que me quedara, con gran alegría de mi parte.
El padre Frerer, salesiano, alemán, era el Capellán de las monjas y todos los días venía a celebrar la Santa Misa. Un día que me vio en el jardín, me preguntó si yo trabajaba allí a lo que respondí afirmativamente; “Tú me puedes ayudar en la Misa, yo te enseño, ¿Qué tal?”; bien padre, con mucho gusto, le conteste.
Al día siguiente, empecé; primero con el librito que él me dio en la mano hasta que aprendí todo lo necesario, que en esos tiempos era en Latín.
Alguien le recomendó a mi tía, que me matriculara en un centro escolar de Malambito, y así lo hizo, yo lo acepté sin poner objeciones y el primer día de clases, en Abril, comencé a asistir. Malambito, muy mentado, en esos tiempos, por su gente pendenciera y valentona era lo que hoy, los Barracones, comencé a frecuentar mi aula que era el tercero de primaria, compuesto por un alumnado, de blanquitos la minoría, cholos mestizos los más, negros, etc. tanto limeños como provincianos, costeños y serranos; unos con tiempo de estadía en la capital otros recién llegados como yo,... La mayoría usaba pantalón corto salvo algunos mas grandulones que los llevaban largos; los recién llegados los usábamos estilo pasa-río a media caña y éramos el hazme reír de los demás.
Tras de mi se sentaba un huancaíno, casi de mi misma edad, 14 años. Desde el primer día quiso tomarme el pelo, a lo que yo trataba de no hacerle caso y eludía todo enfrentamiento; pero un día se sobrepasó y ya me estaba sacando de mi santa paciencia y se iba a armar la bronca en el salón, cuando intervino uno de nuestros compañeros y me dijo: “Acá no, dale la mano para la salida”, y tomándome la mano derecha me la hizo chocar con la del fulanito.
Todo el salón se enteró del desafío y a la salida se fuero sumando los demás salones de tal manera que se formó un tremendo espectáculo, con la cantidad de muchachos que se dirigía, escoltándonos hacía el galpón situado al costado del jr. Moquegua en la Plaza Dos de Mayo.
De inmediato se formaron dos grupos y abran cancha! En medio los dos gallitos listos para trenzarse. Comenzó la pelea: Golpes van, golpes vienen, una patada por allá, otra por acá; se ensayó un mechazo que no prosperó. De pronto un recto de mi derecha, hizo impacto en la nariz del Huanta que comenzó a manar sangre; al sentirse mal, el cholito se chupó y allí terminó la gresca.
Cuando yo creía terminado el lío y me aprestaba a salir con mi grupo, un muchacho del otro bando de los más grandes se abalanzó sobre mí, mientras yo buscaba defenderme, de los míos saltó uno para hacer frente al nuevo valiente. Ya se trenzaban en un duelo feroz, cuando alguien gritó a todo pulmón: ¡EL TOMBO!!! ¡EL TOMBO!!!... Como palomas ante la presencia del gavilán volaron y en segundos no quedó uno solo en el sitio, y yo patitas para que te quiero, tomé la Av. Alfonso Ugarte y no paré hasta el Buen Retiro, y nuevamente un problema para que resolviera la querida tía, pues al narrarle lo sucedido, también le manifesté terminantemente que no quería seguir en ese centro escolar.
Mi tía habló con el padre Frerer, el capellán, que desempeñaba la Dirección del Externado Salesiano de Breña. Como ya me conocía muy bien, pues era su ayudante de Misa, le dijo a mi tía: “mañana a la siete en punto que esté en la Dirección; asistirá como un alumno más y de la pensión no se preocupe.
Efectivamente, al siguiente día, el padre Director me puso en manos del señor Ricardo Tapia, profesor del tercer año, el último salón que da a la Av. Arica y que después de tantos años sigue igual.
Mis nuevos compañeros, al ser presentados por el señor Tapía me aceptaron muy cariñosos. Bastante tímido, al principio, poco a poco me fui haciendo dueño de la situación. Al mes ya era “pasante”, con tres alumnos bajo mi mando. A los dos meses ya figuraba en el cuadro de Honor de todo el colegio, ocupando el tercer lugar entre 55 alumnos, lo conservé hasta el fin del año escolar, culminando el día de la Clausura, en la cual me hice acreedor a una medalla de Bronce por Conducta y Aprovechamiento y un diploma, todo lo cual me fue entregado por el señor Andrés Dasso, Alcalde de Lima, con las respectivas felicitaciones, y la pregunta de rigor “¿De donde eres?, De Lunahuaná le contesté, Tierra del vino”, me dijo y me dió una palmada en el hombro. Di gracias a sus palabras generosas y me retiré.


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